El aire de mar

Tu novia se va de vacaciones. Que lo parió. Cómo la vas a extrañar. Ella también te dice que te va a extrañar, que se va a morir sin verte. Llora.

¿Por qué no se queda?, se preguntaría cualquiera con dos dedos de frente. Pero bueno, la realidad es que se va. Ya sea que se vaya con la familia o con amigas, éste es un período donde casi siempre la
estabilidad de la pareja tambalea. ¿Por qué? Porque los hombres tenemos la habilidad de hacerlas
sentir que son las diosas de la costa. Los tipos van en grupo de vacaciones pura y exclusivamente de levante. Empiezan apuntando alto y luego van bajando sus pretensiones, pero nadie quiere volver
de la playa sin alguna historia sexual o romántica. Es el momento para ganar minas.

O sea que si nuestra novia es una diosa, va a estar entre las primeras en ser atacadas por esa turba embravecida de hombres calientes, y si es un bagrecito, estará entre las terceras o las cuartas,
pero estará. Y es entonces cuando se la re-creen y se ponen a pensar qué desperdicio estar de novias cuando son tan requeridas por tantos hombres. Y se agrandan. Y por lo general, alguno que otro también a ellas les gusta.

Lo más probable es que a su regreso llegue “confundida” y será entonces cuando tengamos que aplicar todo lo que estamos leyendo. Pero algo peor puede suceder: que al novio se le haya ocurrido la
majestuosa idea de ir a visitarla a la costa. Ya sea que lo haya programado anteriormente con su novia o que la quiera sorprender. Mi hermano y yo veníamos de nuestro trabajo un caluroso jueves
de enero cuando vimos venir a nuestro amigo Luis caminando por la calle Artigas. Le vimos la expresión desde unos cincuenta metros y nos asustó. Venía como un zombie. Parecía que el mundo a su
alrededor se había detenido. Caminaba porque las piernas se le movían solas, primero una y después la otra, y porque nada se le interponía en el camino como para que se hiciera pomada.

-¿Qué te pasa?-Vengo de Retiro- nos dijo con voz de ultratumba. –Fui a devolver el pasaje que había sacado para ir a visitar a mi novia a San Bernardo.
-¿Por qué? ¿Qué pasó?- le preguntamos.

-No sé… no sé… la llamé por teléfono para avisarle qué día y a qué hora llegaba y me dijo que no fuera… que no iba a estar… que… no se qué… Estaba como mareado. No comprendía. Típico. Una minita seis puntos que se fue a la costa y se sintió Brooke Shields, lo último que necesitaba era al novio al lado.

Mi primo Patricio no soportó la ausencia de su novia Sonia en las vacaciones. Quince días eran una eternidad. ¿Cómo podía ser que él estuviera separado de ella durante trescientas sesenta horas? Cada minuto se haría totalmente insostenible y él debía superar nada menos que veintiun mil seiscientos minutos o lo que es igual a contar hasta un millón doscientos noventa y seis mil. Absolutamente imposible. Cualquiera con dos dedos de frente le hubiera dicho: “Patricio, aflojá… son nada más que quince días”. Pero para él no eran quince días. Para él eran un millón doscientos noventa y seis mil eternos e insoportables segundos. Sólo había una solución: agarrar un bolsito, lo que se pueda juntar de plata y embalarse como sea a Mar del Plata, a confundirse en ese tan anhelado abrazo. No importaba dónde dormir, ni qué comer, ni nada de nada. Sólo importaba verla, estar con ella, dejar de sentir esa angustia que no deja respirar, esa angustia que seguramente también estaría
sintiendo ella. Aunque una vocecita muy lejana que viene desde adentro nos diga que ella no está sintiendo un pomo. Pero para qué vamos a andar escuchándola, ¿no?… esa vocecita no sabe nada de
nada…
Y ahí fue Patricio con sus doscientos treinta pesos en la billetera, sus diez kilos de equipaje, y sus dos metros de altura, hacia la terminal de Retiro. Ya hacía algunos días que ella estaba en Mar del Plata, motivo por el cual Patricio ya se daba por extrañado.
Luego de un reencuentro casi idéntico al soñado y de una romántica noche, sobrevino el día de playa. El sol era insoportable, y cansado por el viaje y la trasnochada, Patricio se encontraba tendido en la arena, a escasos metros de su novia y sus amigas, que estaban paradas charlando, o más bien podríamos decir “mostrándose”, cerca de la orilla. El tarjetero del boliche de onda pasaba con sus jeans y en patas entregando tarjetas y haciendo sonrisitas a cuanto ser con tanga se le cruzara. Gordas, flacas, altas, bajas, lindas, feas, todas sentían que el boliche no abriría si ellas no concurrían.
El tarjetero detuvo su marcha triunfal en Sonia, la novia de Patricio. Ella lo saludó como si fuera un querido compañero de colegio y se quedaron hablando. Patricio abrió sus verdes ojos tanto como el sol de frente se lo permitió. La simpatía que derrochaba su novia con el tarjetero del boliche le provocó un acto reflejo de leve incorporación y agudización de vista.

“No tiene sentido que arme un escándalo por esto”, pensó. “¿Qué lograría? ¿Pelearme y tener que volver a la Terminal de micros, todo por unos tontos celos?”.
Así fue como Patricio se conformó momentáneamente, y siguió tendido en la arena.
Esa noche, casualmente, Sonia y sus secuaces utilizaron las tarjetas de la playa para ir a bailar. Patricio llegó más tarde y se encontró con un cuadro “casi” aterrador. Su novia y sus amigas sentadas departiendo muy alegremente con el tarjetero y su grupo de amigos. Patricio se incorporó al grupo, serio como peludo en fábrica de charangos. Y dije “casi” aterrador, porque aterrador del todo fue cuando el
tarjetero la invitó a bailar a Sonia en las propias narices de Patricio, y ella aceptó como si su novio fuera un bafle.
Conclusión: Patricio en la terminal de micros, con sus menos doscientos pesos, sus diez kilos de equipaje y sus dos metros de altura, de regreso a Retiro.
No hay caso. En la playa se agrandan.
Será el aire de mar, el sol, el agua salada, o tal vez una combinación de todos ellos.
Y lo mejor es estar lejos cuando eso sucede.
Ustedes dirán: “pero si estamos lejos sonamos”. Sí, tal vez. Pero ojos que no ven corazón que no siente. Por lo menos ella no se va a sentir invadida. Si tiene ganas de jugar a la diosa del verano, que lo
haga. Si nos quiere, al volver de la costa, va a estar medio alteradita un tiempo, pero nosotros, aplicando las técnicas de recuperación de “confundidas” que estamos aprendiendo, vamos a normalizar la situación. Ahora, si nos embalamos a visitarlas, vamos a caer como adoquín en la sopa, y provocaremos otra situación bastante más difícil de remontar.

 

Extraído del libro: Mi Novia, Manual de Instrucciones.

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