El amor es ciego

Cuando nos enamoramos nos cegamos. Se nos anula el cerebro, se nos nubla la vista y sólo vemos lo que queremos ver, de la manera que más nos conviene.
“Estaba en la casa de mi novia y llamó por teléfono el novio”, me escribió un día Pablo, un lector, vía e-mail. La mina lo había dejado por otro y él seguía en contacto. Tanto era así que la iba a visitar a la casa. Como todavía algunas veces tenían acercamientos sexuales en los que ella le daba esperanzas de
que todo volvería a ser como antes, él no terminaba de asumir que ya no era la novia sino la ex novia. Y como ella ya estaba saliendo con otro, era lógico que sonara el teléfono de la casa y que quien estaba del otro lado del cable fuera “el novio de su novia”. Patético.

Federico, de México, me escribió desesperado. Su novia le confesó que un mes atrás se había besado con un compañero de la universidad. O que al menos eso es lo que “se dice”, porque ella no se acuerda.
¿Cómo es eso?
Bueno… resulta que esa noche ella había bebido mucho y estaba totalmente borracha. Por eso no tomó conciencia de lo que hacía y ese hombre se aprovechó de la situación. Y no sólo no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, sino que además no se acuerda de absolutamente nada.
Esa historia ya la sabía de memoria porque era como el vigésimo lector que me venía con lo mismo.
¡Dejémonos de joder!

¿Alguna vez estuvimos tan borrachos como para no saber lo que hacíamos y al otro día padecer amnesia total?
¿Tendrías relaciones sexuales con otro hombre porque estás borracho? A menos que seas homosexual, seguramente no. Y si te interesa el contenido de este libro dudo de que tengas tendencia a comerte la galletita. El alcohol a lo sumo te desinhibe y te da ánimos para hacer cosas que tal vez estando sobrio no harías con facilidad, pero bajo ningún punto de vista te lleva a hacer cosas que no quieras.
Lo peor del caso es que Federico en el fondo lo sabía, pero no podía verlo.

—Y la semana pasada se han vuelto a besar —me dijo Federico.
—¿Otra vez estaba borracha? —pregunté.
—No… esta vez estaba sobria… pero me dijo que como sabía que antes se habían besado y ella no se acordaba, quería saber qué se sentía al hacerlo.
Para Federico la culpa de todo la tenía ese sucio aprovechador que la besó cuando ella estaba indefensa por el efecto del alcohol. Y claro… era lógico que si todos decían que ella había
hecho algo que no recordaba, quisiera experimentar qué se sentía al hacerlo.
Una boludez total. Pero no había vuelta que darle. Federico estaba empecinado en creerle. Necesitaba creerle. La realidad indicaba que, si de verdad le creyera, no habría problema: ella hizo algo sin tener conciencia, luego al enterarse quiso saber qué fue lo que hizo y ahí terminó todo. Pero si
Federico se hacía tanto problema era porque en el fondo de su autoengaño sabía perfectamente que la novia era una yegua garca de quinta y no podía soportarlo.

Nos gusta pensar que nuestra novia es Blancanieves. Que es un personaje único y diferente salido de un cuento de hadas. Pero hasta los mismos cuentos pueden enseñarnos muchas cosas sobre la forma de ser de los hombres y las mujeres. Sólo hay que verlos con un poco menos de superficialidad.
La madrastra de Blancanieves, al enterarse de que ella ya no era la más bella, directamente la manda a matar.
¡Yegua competitiva!
Hoy en día no vamos a negar que las mujeres son más competitivas entre ellas que los hombres, al menos en materia de belleza.
Así arranca el cuento… ¿Y cómo termina? Con un casamiento entre Blancanieves y un príncipe. Pero fíjense qué curioso: el príncipe no reparó en el oscuro pasado de Blancanieves. Al verla tan hermosa se boludizó tanto que ni siquiera se puso a pensar que la mina venía de convivir con siete enanos calentones y bien dotados en una cabañita con siete camitas en el medio del bosque. Con sólo contar las camas se tendría que haber dado cuenta de que su mina no tenía cama propia, por lo que debían ser ciertos los rumores que se escuchaban en la comarca de que Blanqui dormía cada noche con un enano diferente. Él vio a una mujer hermosa y le dio para adelante autoconvenciéndose de que era perfecta. Todo lo demás no lo veía o no lo quería ver. Y a Blancanieves le interesó bastante poco que el príncipe fuera un necrófilo hijo de puta que se mandó a comerle la boca mientras supuestamente la estaban velando. Lo único que le importó fue que el tipo era príncipe vaya a saber de dónde y que tendría un castillo y varios sirvientes a su disposición. Blancanieves no se fijó si compartían los mismos gustos, si tenían afinidad de caracteres, si tenían objetivos de vida comunes. Nada. Era príncipe y listo.

Ustedes dirán: ¿en qué difieren entonces las actitudes de ambos?
La diferencia está en que Blancanieves “se hacía” la boluda.
El príncipe “era” boludo.

 

Autor: Fabio Fusaro

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